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miércoles, 20 de julio de 2011

Acampar

Pido disculpas a mis muchos y fervientes seguidores, como mi amigo Carlos, que pensaban que ahora en verano tenía más tiempo para escribir. Nada más lejos de la realidad.
Hoy mientras paseaba por la playa vi un cartel que prohibía un montón de cosas. La verdad es que con cierto romanticismo otorgamos al verbo "prohibir" algunas connotaciones negativas, y, en cambio, a otras palabras como, por ejemplo, "libertad", pues, para qué nos vamos a engañar, como Kiko decía en aquella etapa del Atleti: "Me tiro un peo y huele bien". Desde luego, cuando alguien no respeta alguna prohibición y eso nos perjudica somos más bien poco románticos y nos acordamos de la madre del infractor.
Naturalmente, todos los iconos, y su correspondiente leyenda, que aparecían en este cartel eran muy razonables, pero solo recuerdo uno: "Prohibido acampar". La verdad es que me parece bien, porque si un día bajo con los niños y nos encontramos una población de gente instalada que no nos deja llegar al mar, pues es un fastidio. No debe ser lo mismo en Badajoz, mi querida ciudad, ya que en una de nuestras avenidas más bonitas, unas personas (no sé si están todavía) han decidido instalar no sé bien qué, porque hay unos plásticos, cajones de madera, pancartas cutres atadas a las palmeras...
No sé por qué se consiente esto. Alguno dirá: "Es que tienen razón". Bueno, eso habría que verlo. Y aunque así fuera, que quizá la tengan, tenemos que dar todavía gracias a Dios de que sea este el procedimiento de protesta que hayan elegido, porque como fuera hacer pis en los portales o darle dos guantazos al primer calvo con pinta de carca que pasase por la calle, pues avíados estábamos, sobre todo yo.
En fin, que, como podéis comprobar, yo llevo todo esto muy mal. Y no es que esté muy contento con los bancos, ni con los políticos, pero, claro, esto de que se reúnan en la calle diez, o cien, o mil, o dos mil y decidan cosas con sello de verdades universales me da más miedo que mi mujer después de un onlymen. "Que no nos representan", dicen. No sé, a lo mejor no, pero, hombre se les ha votado, y alguno de los que proclaman esto tiene el apoyo de su amigo después de las cañas, que luego ya no, porque se metió con Ronaldo. Como ya he comentado en otro lugar, este tipo de proclamaciones, con todos los respetos, a mí me da un tufillo a 14 de abril, 18 de julio, 15 de marzo... y yo, desde luego, si tengo que elegir una fecha, me quedo con el 6 de diciembre.

domingo, 19 de junio de 2011

Yo también estoy (no soy) indignado (La guerra de las palabras VIII)

Dicen que es una de las mayores dificultades para los extranjeros que estudian español: distinguir entre "ser" y "estar". El primero establece una identidad permanente entre sujeto y atributo; en el segundo, en cambio, es transitoria. Es este mi caso, ya que si pierde el Atleti, o me quitan un aparcamiento, o me bajan el sueldo, pues me cabreo lo normal, como todo el mundo razonablemente educado. Luego se me pasa: ganamos la Europa League en tiempos de sequía europea del rival, me tomo una caña fresquita, o me río con el chiste de algún amigo.
Sin embargo, me da la sensación de que otros están indignados permanentemente, es decir "son indignados". Parten de verdades absolutas que no pueden ser ni siquiera discutidas y muestran su indignación sobre todo en la calle, manifestándose de manera más o menos pacífica, dependiendo de la tarde o del número de "descontrolados" que aparezcan. En mi opinión, manifestarse en un país democrático es una falta de educación, pero admito que pueda estar equivocado en esto. Muchos se indignaron por los planes de estudio universitarios, otros por lo del Prestige, otros, los más, por la guerra de Irak, etc. Si estoy mezclando grupos de personas distintos, pido perdón por mi error de antemano. Ahora es por la crisis y la situación política y no seré yo quien niegue ni contradiga sus razones y argumentos. Pero, como en otros casos, falla el método: la manifestación y la asamblea de los que acudan. Recursos legítimos para los que carecen de otros, pero no es el caso.
Recuerdo que en el Colegio Mayor Barberán, en una ocasión hicimos una protesta en el comedor por algunas comidas que disgustaban profundamente a muchos colegiales. Consistió en devolver las bandejas intactas, sobre todo el segundo plato que consistía en la famosa "mortadela empanada". El director decidió entonces formar una comisión de colegiales que decidiera los menús del centro. Se reunieron en diversas ocasiones sin ser capaces de llegar a ningún acuerdo. Antes de disolverse, uno de ellos hizo un último intento: "Por lo menos la mortadela sí coincidimos todos en quitarla ¿no?" A lo que contestó otro: "No, a mí me gusta".
Confío en que nadie piense que intento frivolizar el asunto. Si es así, pido disculpas de nuevo. Pero creo que algo así podría suceder con estas reivindicaciones. Se formulan ideas aplaudidas y alabadas por todos, que parecen irrefutables, como la reforma de la ley electoral, de la que muchos hemos hablado en algunas ocasiones y por la que hemos suspirados en otras. Sin embargo, mucho me temo que tras encontrar al valiente ratón que le ponga el cascabel al gato, podría suceder algo parecido a la supresión de la mortadela, ya que lo que a unos va de perlas, quizá a otros no conviene. Y, precisamente, esto de la democracia consiste en esto: escuchar a todos e intentar beneficiar a la mayoría procurando perjudicar a pocos o a ninguno. Y desde luego no tienen la razón unos pocos por muchos que parezcan. Estoy deseando que las propuestas de los "indignados" encuentren un cauce adecuado, porque por un cauce adecuado el río no se desborda, no se "descontrola", y el agua, si es muy limpia y deseada por todos, llega legítimamente donde tiene que llegar.